martes, enero 23, 2018

A Nicanor


Es casi como un cuento de realismo mágico la vida del Antipoeta; tanto por su extensión como por sus detalles. Nació a finales de lo que conocemos como la Belle Époque, en un lugar donde todo el glamur devenido al terminar el largo y oscuro reinado de Victoria no significaba nada, pues los paramos rurales de Chile eran exactamente igual a como habían sido por los últimos cien años: llenos de miseria. No obstante, Nicanor (un nombre que por su potencia ya denota que estoy hablando del héroe de esta historia) nació y se crió en un ambiente fructífero para las artes, con un padre que fungía de profesor primario, pero cuyas verdaderas pasiones eran la guitarra y la bebida; mientras que su madre era una sencilla mujer de campo que hacía los quehaceres del hogar cantando canciones populares, las que luego serían calificadas como folklore por los sesudos investigadores que necesitaban encasillar cada una de las expresiones artísticas de la plebe.

Y como todo héroe, Nicanor también debió emprender un largo viaje, el cual empezaría yendo a completar su educación. Así, sin que nadie se diera cuenta, entre ellos caminaba un verdadero genio, quien tenía una mente privilegiada para entender el abstracto mundo de las matemáticas y la física teórica, al mismo tiempo de que llenaba las horas de ocio con rimas. Como una verdadera mente renacentista, Nicanor no permitió ser encasillado “Lo suyo son los números, olvídese del resto” o “Usted sólo tiene cabeza para las letras, especialícese en eso” ¡No! El caminaría entre la frontera en que las integrales y derivadas danzan con la métrica.


Entonces, el chico nacido en una casa con piso de tierra llegó a ser especialista en indeterminismo y relatividad, estudiando cosmología y dedicándose a la enseñanza, como en su momento lo hizo ese padre simpático y bueno para cantar que en muchas ocasiones olía a alcohol. No obstante, había algo más gestándose en su cabeza desde la misma adolescencia en que comenzó a garabatear sus primeros versos, inspirado por García Lorca.  Como un volcán erupcionara en su mente, de manera explosiva puso de cabeza todo aquello que estaba establecido y crea la antipoesía, la cual le pegó una bofetada a solemnidad inherente al poeta que le canta a lo elevado del ser. Nicanor por su parte habla a lo sencillo, con el lenguaje del hombre de la calle, lleno de dichos y frases típicas, sin ningún esnobismo retórico, sólo con mucho sentido del humor y un sarcasmo incisivo.


Y la cuestión explotó, llenando todo el mundo, independiente del idioma, con sus artefactos, bandejitas de las cruces con su corazón parlante o artefactos visuales. La antipoesía fue estudiada y analizada en las grandes universidades, loada y desestimada por eruditos de toda clase, mientras que Nicanor reía desde su pupitre, pues le buscaban la quinta pata al gato a algo que era un juego dialéctico propio.


Y dentro de esta surrealista historia, las cosas increíbles no cesan, pues Nicanor fue sólo la cabeza de una de las familias que más ha entregado al arte de Chile y del mundo. Violeta, la cantora que llegó con sus arpilleras al Louvre, Roberto y su Negra Ester y Lalo con su jazz huachaca fueron sus hermanos, quienes a su vez tuvieron hijos que también se dedicaron al arte.


Ahora, el camino del héroe es de dulce y de agraz, pues, así como fue reconocido por muchos como un verdadero revolucionario de las letras universales, siendo en muchos casos considerado el poeta occidental más importante del siglo XX, otros lo catalogaron su obra de tonta, sin ninguna repercusión real y destinada a desaparecer con el tiempo. La admiración fue la que le permitió ganar el premio Cervantes (el más grande de las letras hispánicas), mientras que la resistencia a lo que representaba la obra de Nicanor se opuso a que se le entregara el Nobel en tres ocasiones.


Y en el corolario de su obra, tozudamente y manteniéndose siempre activo, Nicanor sobrepasó la barrera de los 100 años, como esos patriarcas de la biblia, pero dotado de una sabiduría sencilla, directa, sin creerse el cuento, tomándose con humor todas las veces que la Academia Sueca no quiso reconocer sus méritos, pues ¿Quién necesita un Nobel cuando se ha transformado en un patrimonio de la humanidad viviente?

Nicanor Parra falleció en la madrugada de este martes a los 103 años de edad. Sólo nos queda esperar que cumpla su promesa.




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