viernes, septiembre 11, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto XIII)

Los Muertos de Père-Lachaise

A pesar de su trato seco, Dupin era un gran conversador, dando datos bastante interesantes de cada uno de los lugares por los cuales pasaban en camino al cementerio Père-Lachaise. En esto era secundado por Pendragon, quien lo que más recordaba eran barricadas y cosas por el estilo; pues desde finales del siglo XVIII parecía que esa ciudad se encontraba en una constante revuelta sólo con algunos pocos periodos de paz.

 Entrada de Père-Lachaise

Lo anterior hizo el viaje mucho más ameno, no dándose ninguno de ellos cuenta de cuánto tiempo habían demorado de la casa de Dupin a Père-Lachaise. A esas horas de la tarde ya poca gente venía a ver a sus deudos; además, en ese cementerio se suelen enterrar a gente relacionada con el arte galo, por lo que muchas veces en ese camposanto se podían encontrar más curiosos o admiradores que verdaderos parientes que visitaban a sus muertos.
El grupo entró al cementerio conducido por Dupin, por lo que todos suponen que el anciano sabe perfectamente dónde buscar. No obstante, mientras caminan entre las lápidas, los dos nuevos miembros del grupo, Sandokán y Yáñez, hablan acerca de lo que estaba pasando:
- ¿Y al final qué piensas de este grupo? – le dijo Yañéz – Porque la mujer inglesa es guapa, pero parece que no está muy contenta con nuestra presencia; y la china… la verdad es que tiene algo que intimida.
- Tú siempre sólo te fijas en las mujeres, hermano – repuso Sandokán, divertido -. Lo que es a mi me intriga la razón para que las naciones más poderosas de la tierra tengan que unir fuerzas… algo terrible está sucediendo… además ¿Por qué te da miedo esa chica? ¿No te fijaste en el grandote con las cicatrices?.
- ¡Pobre sujeto! Quizá sea veterano de guerra o algo así… Cambiando de tema ¿Qué opinas de Dupin?.
Sandokán miro al anciano que caminaba unos metros delante de ellos y agregó:
- Puede que sea el mejor detective del mundo, pero para mí es sólo un viejo cabrón mal educado.
- Si, es un hijo de puta; pero creo que le he pillado. Le gusta hacer aspaviento de sus habilidades deductivas, pero estoy casi seguro de que Will debió haber puesto en la carta algún comentario acerca de nosotros. Nadie puede deducir nuestras identidades con sólo mirarnos.
Sandokán solo se encogió de hombros.
Por su lado, un poco más adelante, Pendragon con Mina iban cuchichiando a la vez:
- No me parece que haya invitado a esos dos piratas a acompañarnos, señor Pendragon – dijo la mujer, mostrando su molestia de manera muy inglesa.
- Miss Murray, sólo los invité para que nos ayudaran en París. Ahora, si ellos aceptaran acompañarnos a África, su ayuda nos seria providencial.
- No estoy de acuerdo. Sigo pensando que meter en esto a dos personas que son declarados enemigos del Imperio Británico es contraproducente con los intereses de mi país.
Por primera vez desde que lo conocía, Jack pareció estar realmente fastidiado con Mina, aunque cuando le contestó intentó ser correcto:
- Esto no tiene que ver con los intereses de Inglaterra, Francia o cualquiera de los países de esta alianza, Miss Murray; sino con el bienestar y la supervivencia de toda la humanidad. Esos dos sujetos tuvieron a toda la escuadra británica del Índigo en jaque durante diez años, y lo hicieron montados en el equivalente a cascaras de nueces. Si puedo contar con su ayuda, no dudaré un segundo en aceptarla.
Mina abrió mucho los ojos, algo ofendida, pero al final no pudo rebatir a Jack, pues Frankenstein se detuvo de golpe, olisqueando algo.
- Hay sangre fresca en el ambiente; posiblemente derramada hace unas horas.
La criatura comenzó a buscar a su alrededor, caminando entre las lápidas ante la atenta mirada de sus compañeros. Sólo después de un rato, y algo alejado de donde se encontraban, Frankenstein levantó del suelo lo que en un principio parecía ser un muchacho muerto.
Todos corrieron en esa dirección, siendo Dupin quien, a pesar de su edad, llegó primero. De inmediato buscó el pulso del muchacho en su cuello y tranquilizó a todos diciendo que estaba vivo. Fue casi inmediato, pero un débil quejido salió de la boca del joven, confirmando la apreciación del detective.
Con suaves palmadas en las mejillas, Dupin intentó despertar al chico; un adolescente de unos 17 con un bigote delgado y traje elegante. El chico salió rápidamente de su sopor, mirando alrededor con aire extraviado. No obstante, de pronto pareció recordar algo y sus ojos se abrieron como platos, comenzando a gritar lleno de terror. Sólo reaccionó cuando Yáñez le tomó de los hombros y lo zarandeó un poco.
- Va a volver… ¡Volverá y nos matará a todos! – Siguió diciendo, con los nervios todavía a flor de piel.
- Está histérico, no creo que podamos sacarle alguna información por ahora – Sentenció Dupin.
No obstante, Pendragon sacó su reloj de bolsillo y le habló al chico, tratando de tranquilizarlo. Cuando contó con su atención,  Jack puso el reloj en frente de su cara y le dijo que lo mirara con atención, que debía confiar, porque él le ayudaría a tranquilizarse. Así, paulatinamente, el muchacho se fue calmando y concentrándose cada vez más en los movimientos y destellos que desprendía el reloj al llegar la luz a su superficie. En menos de un minuto había caído en un transe.
- ¿Cómo es posible? – Preguntó extrañada Mina, quien no confiaba en trucos de ese tipo.
- Mesmerismo, madeimoselle Murray – le aclaró Dupin -. Un amigo americano me contó una historia acerca de estas artes; de algo escabroso que le sucedió a un sujeto llamado Valdemar, pero este no es lugar para acordarme de ese tipo de cosas.
Por su lado, Jack, ignorando al resto, le preguntó al joven acerca de qué le había sucedido, a lo que este contestó:
- Vinimos con un grupo de amigos de noche a Père-Lachaise, pues escuchamos en la taberna a un sujeto decir que se podía escuchar música en los alrededores de la tumba de una vieja y famosa prostituta. Habíamos bebido y era sólo una travesura, pero de pronto salió esa cosa de entre las lápidas y nos atacó. Se movía como el viento, con sus garras y colmillos, cercenando y matando. Yo escapé entre las tumbas, resbalé y me golpeé en la cabeza. No recuerdo más.
Jack cruzó una significativa mirada con sus compañeros, en especial con Mina y Dupin, pero nadie dijo nada. Luego le abrió el cuello de la camisa al muchacho y buscó alguna marca, pero no pudo encontrar nada. Al final, le dijo al muchacho:
- De donde eres, chico. No tienes acento francés.
- Soy de España – Contestó, aún en transe.
- ¿Y qué haces en París?.
- Vine para ser pintor.
Jack sonrió, pues era conocido que todos los artistas del continente soñaban con venir a París para hacerse un nombre y codearse con los grandes muestro.
- ¿Cuál es tu nombre?.
- Me llamo Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispiniano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso.
- ¡Mierda!… ¿Sabes? Lo dejaremos sólo en Pablo Picasso; suena mejor. Ahora, quiero que tomes estos francos, vayas a algún lugar agradable y comas algo. Luego te vuelves a tu casa y duermes mucho. Cuando despiertes por la mañana recordarás que te fuiste de juerga y hubo una pelea en una taberna, por eso es tu dolor en la cabeza. Ahora vete.
Y como un autómata, el chico se fue.
Todos se quedaron mirando por un rato a Pendragon, sin entender ciertamente qué había hecho. No obstante, éste les dijo:
- Vamos. Pronto se pondrá el sol.
Esta advertencia le sonó demasiado familiar a Mina, a quien le corrió un escalofrío por la espalda.
El mausoleo al que se dirigían, y al que hizo referencia el chico en su relato, era uno hermoso y espacioso que contenía los restos de una mujer llamada Marguerite Gautier, una famosa cortesana parisina que tuvo un final trágico, transformándose en una especie de símbolo romántico para quienes vienen a rendirle homenaje.


La reja de la cripta no se encontraba cerrada, cosa que produjo una nueva mirada entre Jack y Dupin, lo cual puso nervioso a sus compañeros, deseando que por fin dijeran algo acerca de lo que estaba pasando. No obstante, decidieron bajar de manera tácita.
Lo que encontraron en la espaciosa cripta subterránea del mausoleo les dejó sin habla. Los cadáveres de tres hombres jóvenes estaban tirados en suelo, pálidos, con las gargantas destrozadas y una expresión de terror indescriptible en sus caras. Además, en ese enorme sala rectangular alguien había armado su hogar, con muebles, camas, libros, planos de ingeniería y un enorme órgano de viento. Pero lo más aterrador se encontraba acostado sobre el sarcófago de piedra dentro del cual se estaban los restos de madeimoselle Gautier. Era una mujer que se empinaba sobre los cincuenta, con el pelo de color rubio claro, ropas sencillas, pero cuya piel parecía de alabastro, como si se tratara de una estatua más que un ser de carne y hueso; pero lo que en realidad la hacía horrorosa era su boca y mentón manchados de sangre.
Mina instintivamente tuvo ganas de salir corriendo de ese lugar, aunque fue capaz de controlar sus instintos. Pero fue Strogoff, quien pudo articular el nombre de la criatura que explicaba este macabro espectáculo, pues era parte de las leyendas que escuchó desde la infancia:
- Vampyr…
Yáñez, quien conocía a qué se refería, dijo:
- Me van a perdonar, pero ¿En verdad creen que ese cadáver de ahí es un vampiro? Puede ser cualquier cosa; pudo haber vomitado sangre y quedar así. Hay miles de explicaciones mejores que un vampiro. Esas cosas no existen.
Pendragon sonrió, luego indicó con el dedo a Mina y dijo:
- Hace un par de años la señorita Murray fue atacada por un vampiro y estuvo a punto de transformarse en uno. Franskenstein es un ser artificial hecho con las partes de diferentes cadáveres por un científico hace 80 años y Chia es la hija de una humana y de un demonio de su tierra. Parafraseando a Shakespeare “entre el cielo y la tierra hay más cosas que las que imagina tu pobre lógica, Horacio”.
Para remarcar el punto, Chia le obsequió una sonrisa al portugués y bajó sus lentes de sol, mostrando el brillo rojo de sus ojos. Así que a Yáñez sólo le quedó creer.
No obstante, había algo que ellos no sabían acerca de la mujer que supuestamente era un no-muerto. Dupin fue el encargado de decirles:
- Hay algo más aquí. Conozco a esa mujer; es la cómplice de ese sujeto al que buscamos. Se apellida Giry.
Pendragon se quedó mirando a la mujer un momento y luego tomó un espejo de la pared y lo acercó a ella. No había reflejo alguno en el, confirmando lo que estaban temiendo.
- Debió haber sido transformada hace poco; quizá por quienes se llevaron a su amo, lo cual no me tranquiliza para nada. Pero eso lo pensaremos luego, ahora hay que hacer las cosas como se debe.
Le hizo una seña a Strogoff, quien entendió de inmediato a que se refería, tomando una silla y golpeándola contra el piso para que se rompiera. Luego escogió unas de sus patas y, sacando el sable que llevaba al cinto, le sacó punta hasta tener una estaca muy aguzada. El oficial ruso buscó a su alrededor algo que le sirviera para empujar la estaca, pero tuvo una idea mejor y se la cedió a Frankenstein, explicándole que tenía que hacer.
Así, mientras Pendragon le indicaba al resto que debían juntar los cuerpos y buscar cómo hacer más estacas de madera, el ruso y el monstruo se encargaron de la señora Giry. Descargando toda su inhumana fuerza, Frankenstein hundió la estaca en el pecho de la mujer, haciendo que soltara un chillido horrible que produjo que todos se taparan los oídos. Giry abrió los ojos inyectados en sangre y mostros sus colmillos antes de que Strogoff, certero, la decapitara con su sable.
Pero esto no quedó ahí, pues debieron hacer lo mismo a cada uno de los cadáveres que encontraron en esa cripta.
Mina, quien estaba muy afectada por ello, ya que miles de recuerdos terribles volvieron a su mente, se quedó a parte, mirando horrorizada lo que esos hombres hacían. Pensaba que nunca más en su vida tendría que enfrentarse a esa clase de monstruos, pero ahora estaban ahí, nuevamente, como sombras de negrura absoluta emergiendo de lo profundo del infierno.
Una vez terminada la tarea. Pendragon sacó de un estante unas botellas de aceite usado para la iluminación y lo vertió sobre cadáveres y muebles, indicando a todos que debían salir. Una vez que estuvieron nuevamente en el exterior, cuando los primeros luceros de la tarde aparecían en el cielo, Jack le preguntó a Dupin acerca de si había visto algo, a lo que el detective le dijo:
- Es complicado. Las huellas dejadas por quienes vinieron en busca de Erik se confunden con las del asesinato de esos jóvenes. Es poco lo que pude deducir de esa cripta y nada de utilidad.
Más compuesta, Mina agregó:
- Si el tal Erik está en manos de un vampiro o lo han convertido en uno, la situación toma un cariz totalmente diferente. Quizá deberíamos olvidarnos de ese sujeto, avisar a quienes puedan encargarse de este problema y seguir con nuestra misión.
Pero  a Jack todo esto le parecía una sucesión demasiado sospechosa de coincidencias.
- Podríamos ponernos en contacto con el doctor Van Helsing, pero para cuando llegue los vampiros podrían haber desaparecido… o algo mucho peor. Además, Erik sabe demasiado y me parece sospechoso que se lo hayan llevado justo ahora.
- Pero ¿Cómo descubrir donde lo tienen escondido, señor Pendragon? – observó Strogoff.
Jack se acarició la barbilla y puso su otra mana en la cintura mientras pensaba. Luego, con gesto oscurecido les dijo:
- Hay una forma, pero es peligroso. Los llevaré a un lugar… y tengan cuidado con lo que desean.
Después de esto sacó un cerillo, lo encendió y lo lanzó al interior de la cripta.

Rosas color Sangre (2)

Se encontraba en una especie de anfiteatro subterráneo, con varios de esos chupasangres mirándole desde las sombras, con sus ojos rojos y sus sonrisas burlonas. Quizá un hombre común y corriente estaría aterrado, pero para él eran sólo un montón de cadáveres animados semejantes a marionetas. Lo que realmente le importaba es quién tiraba de los hilos.


Entonces de lo alto bajó una mujer hermosa, envuelta en un traje rojo vaporoso que dejaba ver sugerentemente partes de su anatomía. Cuando sus pies tocaron el suelo, le dirigió a Erik una mirada seductora, pero éste se la devolvió de forma altiva y torva, cosa que la sorprendió.
- ¡Vaya! Eres inmune a nuestros encantos… en verdad eres un hombre extraordinario, Erik.
- Se necesita más para impresionarme que una puta muerta voladora enfundada en tules rojos.
Por un momento un odio enconado se traslució en los ojos de la vampiresa, cosa que Erik disfrutó más que nada. No obstante, la mujer se controló e hizo morritos cuando agregó:
- Pensé que el color te gustaría. Yo estaba en el teatro la noche que apareciste vestido como la Muerte Roja… fue inspirador.
Erik se acercó entonces a la mujer, tanto que casi parecía que fuera a besarle. Pero cuando sus narices casi se tocaban, le dijo:
- Tu encanto sobrenatural no me afecta ¿Qué te hizo pensar que las adulaciones sí?.
Entonces un extraño ruido se escuchó en el fondo; una especie de castañeteo que hizo que todos los vampiros que le miraban desde las galerías de las paredes se encogieran de miedo.
- ¡Bravo! ¡En verdad eres un humano fuera de lo común!.
La voz era seseante, como si una lengua bífida la articulara. Entonces salió de entre las sombras su dueño; un monstruo retorcido, con una cara que recuerda a un raedor, enormes garras y una piel grisácea y correosa. Ese ser horrible se acercó a Erik y a la mujer, haciendo una seña con la mano a esta último para que se retirara, cosa que hizo de inmediato.
- Tú debes de ser el que manda aquí – dijo Erik -. Eres el único que no necesita disfrazar su monstruosidad.
- En efecto, soy el más poderoso en este lugar. Mi nombre es Kurt Barlov, Margrave de Orlok, y tengo una propuesta para usted, Herr Erik.
El monstruo le tendió la garra, como una muestra de cortesía algo atípica en esa situación, pero Erik imitó el gesto y dijo:
- Bien, Margrave, hablemos de negocios.

Leer Acto XIV

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