lunes, septiembre 07, 2015

La Justicia (Acto III)


Sergio parecía totalmente relajado a los ojos de Erik, aunque lo que le estaba mostrando en ese momento era terrible. Por eso el médico era una de las pocas personas por las que el ejecutivo sentía verdadera admiración, pues desde niño supo mostrar una sangre fría a toda prueba; un desapego emocional que lo hacía semejante a un tiburón. A veces Erik se sentía aliviado de que Sergio no eligiera la misma profesión que la suya, pues sería imposible detenerle en su ascensión  a lo más alto del Olimpo empresarial.
Pero en ese momento estaba en su oficina para hablar de otra cosa. Como si estuviera mostrando fotos de sus últimas vacaciones en el trópico, Sergio había desplegado sobre el escritorio de Erik una batería de imágenes donde podía verse a Rafael colgado del techo de su iglesia, sujetado por ganchos que perforaban los músculos de su espalda y aún vivo, lo cual sólo podía significar que esas fotos fueron tomadas por el asesino. Erik era un hombre difícil de impresionar, pero sólo pudo mirar las primeras fotografías y no quiso seguir con el resto. No obstante, la imagen que más exasperó a Erik fue la del curso de su infancia con una marca sobre Rafael y otra sobre Sergio. Si hasta ese momento había tenido dudas acerca del móvil del asesinato, ahora las sospechas se confirmaban.
- Creo que ya llegó la hora de que hablemos con la policía, Erik – dijo al fin Sergio, juntando las fotografías para guardarlas en el mismo sobre dentro del cual se las enviaron.
- ¿No sabes quien llevó eso a tu consulta? – consultó Erik, ignorando intencionalmente lo que dijo su amigo.
- No. Llegó como la correspondencia normal. Alguien lo hecho por debajo de la puerta.
- ¿Y no hay seguridad en esa clínica? Los guardias debieron ver algo.
- Un montón de gente se pasea por el lugar; recuerda que atendemos a mucho público. He preguntado y nadie vio nada sospechoso.
Todo esto le estaba cabreando a Erik, porque no se imaginaba cómo el alfeñique que conoció en la escuela podía transformarse en un asesino decidido a vengar una estupidez de niños. Pero peor que todo, sentía miedo, lo cual le enloquecía de una manera insoportable.
- Entonces ¿hablo con la policía? Ellos de seguro sabrán cómo sacarle más información a estas fotografías.
- No metamos a la policía en esto, Sergio – dijo Erik, con la mirada ensombrecida.
- Pero…
- ¿Pero qué? ¿Acaso no sabes a lo que nos exponemos si hablamos con la policía? La información llegará a la prensa que se solazarán dando noticias acerca de un chico abuzado en la escuela que ha vuelto para vengarse, mientras que nos mostrarán a nosotros como monstruos que nos merecemos lo que nos pasa. Esto es nuestro problema y debemos solucionarlo nosotros mismos.
- Estás actuando de forma irracional, Erik… esto puede ser peligroso… para nosotros y quienes nos rodean – dijo Sergio, mostrándose por primera vez algo afectado por la situación.
- ¿Entonces prefieres que se sepa lo que sucedió en la escuela? A pesar de que son sólo jugarretas de niños, eso nos podría afectar negativamente… a ti en tu carrera médica y a mí en mi intento de conseguir un puesto en las oficinas internacionales de esta empresa; incluso a Julio le podría afectar… Por otro lado ¿has sabido algo de Julio?.
Sergio le dijo que no, que le había tratado de ubicar por teléfono para que se reuniera con ellos, pero le fue imposible. Incluso en su negocio de importación de automóviles no sabían de él, lo cual no era raro, ya que el inquieto Julio conocía a una chica guapa cada mes y por lo general se la llevaba a su cabaña en las montañas para estar tranquilos.
Al final, los dos hombres se pusieron de acuerdo en no hacer a la policía partícipe del problema. Sergio intentaría salir del país por unas semanas, dejando la situación en manos de Erik, quien movería sus influencias y contactos para dar con esa mierdecilla y darle un escarmiento definitivo.

**********

Varios profesores estaban reunidos en la sala de maestros, revisando notas o descansando un rato antes de continuar con las clases, acompañados de un café y un sándwich. Pero esa mañana las cosas no serían tan tranquilas cuando un iracundo profesor de matemáticas entra a la sala con un montón de fotos que lanzó sobre la meza. Sus colegas, sin saber a qué venía todo esto, miraron y se dieron cuenta que eran las fotos de un chico con un ojo morado.
- Encontré estas fotos en el mural de informaciones. Alguien está haciendo escarnio de este pobre chico y se jacta de ello.
Los profesores se pasaron la fotos uno a uno, horrorizados, mientras compartían información acerca del caso. Sabían que se trataba de un chico callado que había llegado ese mismo año a estudiar en ese establecimiento. Sus padres se habían separado y sólo contaba con su madre, no tenía hermanos y algunos de los profesores habían advertido por su forma de comportarse que el chico se encontraba afectado, pero no tenían noticias de que las cosas hubieran llegado a ser de aquella magnitud.
Entonces, uno de los profesores se atrevió a decir lo que todos sabían pero callaban:
- Todos sabemos perfectamente quienes son los culpables de esto. Son esos cuatro pedantes que se creen dueños de la escuela. Ellos están martirizando a ese chico y debemos detenerlos antes de que ocurra algo realmente grave.
Pero en ese momento el profesor de gimnasia, apellidado Jorquera, dejó de lado la revista que leía para ignorar toda esa tontería y se decidió a intervenir:
- Si no tienen pruebas, será mejor que dejen a mis chicos tranquilos. Cualquier otro pudo haber hecho esto por diversión, ya que por lo que sé no son los únicos que se ríen de este niño. Además, nosotros debemos ser cautos con estas cosas y no darle mayor importancia a niñerías.
Jorquera era un tipo imponente, que hablaba fuerte y con seguridad, lo que les hizo dudar a la mayoría. No obstante, el profesor de matemáticas que encontró las fotografías se le quedó mirando y dijo:
- Si llega a pasar algo grave será tu responsabilidad.
La verdad es que ninguno sabía cómo lidiar con eso, ni estaban dispuestos a hacerlo. El acoso en las escuelas se viene dando desde que el mundo es mundo, y esos cuatro chicos eran hijos de personas influyentes, con contactos en altas esferas que podían causarles muchos problemas a quienes se metieran con ellos. Jorquera lo sabía, sintiendo un delicioso desprecio por sus cobardes colegas, quienes rasgaban vestiduras, pero no eran capaces de poner solución a ello. Al final les dijo:
- Hablaré con los chicos para que dejen tranquilo a ese mocoso y que esto no pase mayores. Igual deberíamos plantearnos las idea de hablar con la madre, porque quizá ese chiquito no sea adecuado para esta escuela.
Todos pensaron que posiblemente lo que decía Jorquera era cierto. Además, el se encargaría, así que siguieron con sus asuntos.

**********

Morales llegó a la escuela esa mañana y se entrevistó con la directora, quien se mostró de inmediato preocupada por la situación que lo traía ahí. El inspector la tranquilizó, diciendo que sólo era parte de la rutina, pues deseaba saber más acerca de la vida del difunto padre Rafael. Dicho esto, la directora se mostró encantada de ayudar en cuanto necesitara al inspector, pues ella misma era ex alumna de esa escuela y conoció a Rafael, aunque no compartieron clases.
Comenzaron conversando de trivialidades, acerca de los recuerdos que ella poseía de los años de estudios de Rafael, sólo cosas generales, hasta que tocaron el tema de su grupo de amigos. En ese momento la directora, de apellido Tapia, recordó el grupo de amigos formado por Rafael, Erik, Sergio y Julio. Eran conocidos por todos como los cuatro fantásticos, pues se trataba los más apuestos y admirados por todos, incluso por sus maestros.
- Un chico popular suele inspirar envidia en algunos ¿Recuerda a alguien a quien no le cayera bien el padre Rafael?.
- Pues la verdad es que hay una lista larga de chicos envidiosos y chicas con corazones rotos, pero nadie con ganas de matarlo. A todos nos sorprendió cuando nos enteramos que quería hacerse cura, pues tenía mucha suerte con las chicas, ya que era un tipo amable y atento… por lo menos cuando no tenía a Erik cerca.
Morales tomaba nota de lo conversado cuando escuchó la última frase y quedo con el lápiz en el aire. Miró a la directora y con una sonrisa pícara le dijo:
- No es muy profesional de mi parte, pero la verdad es que hablé con ese señor y me pareció un pedante.
Era una treta que podría no resultar, pero el inspector Morales sabía que la gente hablaba de cosas más interesantes cuando han establecido cierta confianza con su interlocutor. Cuando se habla a un nivel formal siempre se guardan las distancias y la versión de lo dicho es la oficial, mientras que cuando hay complicidad se comparten chismes, los cuales siempre contienen información interesante. Morales solía usar esas tretas en su trabajo, pues no sólo era un policía, sino que estaba graduado en psicología.
- La verdad es que le entiendo, inspector; me tocó verlo hace poco en una reunión de ex alumnos y seguía siendo el mismo tipejo desagradable que recordaba de mis tiempos de estudiante.
Ahí estaba el hilo de donde halar para comenzar a deshacer el madejo. Siguiendo con el aire de complicidad que le imprimió a la conversación, Morales decidió ahondar:
- Es interesante lo que usted me cuenta ¿Cree que Erik era una mala influencia para los demás?
La mujer titubeó, ya que por un momento sintió que en todo aquello había una trampa por parte del policía; sin embargo, los ojos del inspector no mostraban ninguna doble intención, y era normal que deseara saber acerca del entorno de la víctima de un asesinato. Al final le contó:
- La verdad es que todos hubieran sido chicos normales si no fuera por la influencia nefasta de Erik… bueno, quizá Julio no, pero igual Erik lo potenció. Rafael era un chico simpático, al que le gustaba escribir poesía, por lo que entenderá que todas las chicas estaban locas por él. Por su lado, Sergio era un chico algo tímido, como si quisiera estar emocionalmente aislado de todo, aunque tenía gusto por la fotografía y era muy bueno. Julio era el típico bufón del curso, haciendo bromas algunas veces tontas, pero nada más que eso. Fue Erik el que sacó lo peor de cada uno de ellos, transformándolos en una banda de desalmados.
Morales conocía a este tipo de personas que funcionan como una especie de catalizador de lo despreciable de otros; una especie de Hitler a pequeña escala que terminaban como jefes de bandas o, como en este caso, de un grupo de abusadores. Hoy este fenómeno, conocido como bulling, está identificado y se trata de evitar que ocurra por parte de los establecimientos educacionales, pero en los años ochentas era sólo cosa de niños y no se le daba ninguna importancia… ¿podría estar en esto la clave para el móvil del asesinato del padre Rafael?.
- ¿Hay alguien con quien se hayan ensañado especialmente cuando estudiaban? No me refiero a chicas despechadas o envidiosos del éxito de esos cuatro, sino a gente realmente dañada.
La directora Tapia se quedó pensando por un rato, repasando todo lo que había vivido como estudiante. Entonces, un recuerdo le vino a la mente, aunque no sabía si era de importancia.
- Hubo un chico… no recuerdo su nombre, pero sé que Erik y el resto fueron especialmente duros con él. Creo que el profesor de educación física de esa época los ayudaba, pero eran nada más que comentarios de pasillos entre los estudiantes, nada oficial. El chico al tiempo dejó la escuela debido al acoso… ¿cuál era su nombre? No puedo recordarlo.
- ¿Puede buscarlo en los registros de la escuela? – le pregunta Morales, cosa que pone en alerta a la directora, pero que el policía intenta tranquilizar de inmediato – No es nada grave ni digo que ese sujeto sea el asesino, pero en mi trabajo no puedo descartar ninguna pista.
Ella le dijo que tendría que buscar en los antiguos archivos, porque es información que aún no estaba digitalizada. Por su lado Morales iba entregarle una tarjeta con su número de móvil cuando suena su teléfono. El inspector contesta y por un momento su rostro se pone lívido, pero rápidamente se calma, hace algunas preguntas a quien estaba al otro lado de la línea y termina informando que pronto se acercará al lugar.
- ¿Algún problema, inspector? – consulta la directora.
- Nada en realidad, solo cosas de trabajo sin importancia – contesta él con una sonrisa.
Sin  más que tratar, Morales se despide de la mujer acordando quedar en contacto acerca de cualquier información que ella pueda darle.
Ya afuera de la escuela, sentado en su automóvil, Morales golpea con el puño el manubrio, frustrado. Obviamente el asesinato del cura tenía relación con su círculo de amigos y estos estaban escondiendo la información. Si esos idiotas hubieran hablado, quizá ahora no tendrían un segundo muerto.

**********

Todo estaba cubierto por una neblina viscosa y sentía que la cabeza le estaba matando. Intentó moverse, pero le vino un mareo horrible y algo que se lo impedía ; pero por sobre todo le llegaba a su nariz un olor familiar y peculiar, el cual se abría paso por su memoria, tratando de traer recuerdo que su confusa mente era incapaz de concretar.
Sergio se tranquilizó y trató de poner orden a su cerebro para saber qué estaba sucediendo. Era un hombre controlado, frío en exceso, y con una mente analítica privilegiada, por lo que en pocos segundos fue capaz de ordenar sus pensamientos, lo que le permitió entender que su vista se encontraba nublada debido a los efectos de una droga. Entonces se concentró en recordar lo último que había hecho antes de perder el conocimiento, y pudo reconstruir el momento en que se acercó a su automóvil en el estacionamiento de la clínica en que trabajaba, luego sintió un pinchado en el cuello y después se fue todo a negro.
Antes de que su vista se aclarara, fue su olfato el que le proveyó información de importancia, pues ese olor era el que despiden los líquidos que se usan para revelar fotografías analógicas. Él los conocía bien, pues aún seguía cultivando su vieja afición cuando tenía tiempo libre. Entonces comenzó a tratar de enfocar su vista, pues el lugar estaba iluminado por la luz roja de una sala de revelado, pudiendo ver sólo formas extrañas e indefinidas.
No obstante, Sergio captó movimiento, sintiendo como el olor de los químicos de revelado se volvía más intenso, en especial cuando alguien vertió el líquido desde su cabeza para que escurriera hacia abajo. Entonces Sergio entendió lo que estaba pasando y comenzó a luchar por zafarse, pero sus piernas y manos estaban fuertemente atadas a una silla, lo que produjo que estuviera a punto de dejarse llevar por el pánico por primera vez en su vida. Pero no podía hacer nada, y este hecho inefable le dio a Sergio una extraña sensación de paz.
- A estas alturas no creo que una disculpa pueda hacerte cambiar de parecer – Dijo por fin Sergio, con una tranquilidad igual a la que mostraba cuando le informaba a algún enfermo terminal que ya no le quedaba nada de vida.
Ahora podía ver con claridad a la pequeña figura encapuchada que se movía a su alrededor de él sin prestarle atención. Por lo que notó de su contextura, le hubiese sido imposible reducirlo a él o al padre Rafael si se hubieran enfrentado en un mano a mano. Por eso usaba droga, algo fuerte y rápido que lo dejara fuera de combate para que pudiera hacer lo que quisiera con ellos.
- Ya es demasiado tarde para las escusas, doctor – le dijo por fin el extraño, cosa que puso confuso a Sergio, pues la voz no era la que esperaba. Entonces el extraño se paró frente a él y descubrió su cara, lo que dejó a Sergio perplejo por un momento; pero de inmediato su mente comenzó a atar cabos a toda velocidad y, al entender a qué se debía todo aquello, no hizo más que sonreír.
Sergio seguía sonriendo cuando el extraño se acercó a la puerta de la habitación en que se encontraban y sacó una caja de fósforos de su bolsillo. Cuando lanzó uno encendido, el oncólogo se dijo a sí mismo que al final se merecía ello, que el extraño se había ganado su venganza. Después ardió.

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