miércoles, septiembre 02, 2015

Érase una vez una Tierra Maravillosa: Utopías, Distopías y Ucronías (Parte 1)


Hace varias semanas que no hago reseñas acerca de algún tipo de personaje de fantasía, terror o ciencia ficción, lo cual echo de menos. No obstante, hoy tocaremos una faceta diferente de la ficción, pues hablaremos de un subgénero que engloba a las utopías, distopías y ucronías.
Pero puede que los nombres anteriores no le digan nada al lector, por lo que deberíamos empezar con definiciones básicas. Se entiende por utopías a historias que tratan acerca de lugares idílicos y sociedades modelo, casi siempre en contraposición con lo que ocurre en la realidad. Por su lado, las distopías son las contracaras de las anteriores, mostrándonos mundos deshumanizados y sociedades opresivas. Por último, la ucronía es un ejercicio que consiste en plantearnos qué sucedería si un hecho histórico tuviere un resultado completamente distinto a como realmente ocurrió.


Las primeras creadoras de utopías son las religiones, las cuales por lo general sostienen que un principio el hombre vivía en un estado de gracia en el que todo era felicidad y no existía la muerte. Tenemos el caso del Jardín del Edén de las tradiciones judeocristianas, que se trata en realidad de una adaptación de mitos sumerios; detalles como el árbol de la vida, la creación de la mujer de una costilla y otros no son originales, sino parte de mitos muchos más antiguos. Por otro lado, en esta misma línea tenemos la Edad Dorada de la que nos habla la mitología griega, en la cual gobernaba sobre el mundo Cronos, dios del tiempo y padre de Zeus, quien creó una sociedad donde todos eran iguales y felices. Esta leyenda inspiró la fiesta romana de la Saturnalia, la cual a la larga se transformó en la actual navidad.


Otra historia típicamente utópica es la del continente perdido de la Atlántida, relatada por Platón por primera vez en los diálogos “Timeo” y “Critias”. Según nos cuenta, la Atlántida se ubicaba en el centro del Atlántico, siendo su civilización fundada por Atlante, hijo del dios del mar Poseidón y una mortal llamada Clito. La civilización atlante fue pacífica y avanzada bajo el gobierno de los reyes descendientes de Atlante, pero a medida que se volvieron más poderosos, olvidaron la justicia que inspiraba su forma de vivir y se convirtieron en conquistadores despiadados, que sólo fueron vencidos cuando los atenienses evitaron que conquistaran Grecia. Al final, los dioses deciden castigar a los atlantes por su atrevimiento y en una noche sepultaron el continente bajo el mar. Esta historia se nutre a partir de hechos reales ocurridos durante el periodo minoico, como la explosión de la isla de Tera y el fin de la cultura cretense. Por otro lado, también ha servido de inspiración para innumerables historias, siendo una de ellas la de Númenor, parte de las leyendas de Tolkien acerca de la Tierra Media.


Pero el anterior no es la única incursión de Platón en el género utópico. La obra más conocida e influyente de este filósofo es el diálogo “La República”, en que, a través de la boca de Sócrates y otros personajes, nos muestra las ideas de Platón acerca de la polis ideal. A grandes rasgos, Platón postula una sociedad dividida en tres clases sociales con funciones muy definidas. En la base se encontrarían los trabajadores, artesanos, campesinos y todo aquel que trabaje con las manos; por sobre ellos estarían los guerreros encargados de la defensa del estado y, por encima de todos, una casta de gobernantes filósofos que se encarguen de preservar la justicia y el bienestar colectivo. Es importante notar que la utopía de Platón nos presenta un concepto que muchos creen que es más modernos, siendo éste el comunismo. Para el filósofo ateniense las dos castas superiores no debían contar con bienes propios, sino lo que el estado les proporcione lo necesario para vivir y así evitar el amor por la riqueza que lleva a la corrupción.


Saltándonos a la época romana, que no se caracteriza por contar con grandes mentes filosóficas como los griegos, sí innovaron en algo que muchos no imaginan: la ucronía. Existe cierto consenso en considerar la primera ucronía literaria a la obra “Ab Urbe Condita” del historiador Tito Livio, quien la publicó entre el 27 y 25 a.C. La obra trata sobre la historia de Roma desde su fundación en el 753 a.C. hasta la época en que el historiador vivió, contando con un total de 142 libros. No obstante, en algo inédito hasta entonces, Tito Livio se imagina cómo sería la historia si en vez de conquistar oriente, Alejandro Magno hubiera dirigido a sus tropas a Italia.


Ahora, los cristianos también tienen sus propias utopías, como podemos ver al final del Apocalipsis de Juan. La Nueva Jerusalén, o Jerusalén Celestial, es descrita detalladamente por Juan Evangelista, siendo una especie de cubo de 2200 Km por lado y con murallas de un ancho de 70 metros. Esta es la ciudad construida para que vivan los que guardaron su virtud hasta los últimos días. Hoy este relato sigue siendo un tema central para las religiones cristianas, teniendo interpretaciones muy variadas.


Basado en estas ideas, Agustín de Hipona, considerado santo por la Iglesia Católica, escribe “Ciudad de Dios”, una obra que consta de 22 libros escritos entre el 412 y el 425 de la Era Común. En estos Agustín hace una crítica a la sociedad pagana romana, acusándola de corrupta, pero también postula los principios de una perfecta sociedad cristiana que mora en una ciudad espiritual, pues ninguna urbe o estado mundano pueden aspirar a semejante perfección.


Ya durante la Edad Media las utopías toman forma de reinos fantásticos. Uno de los ejemplos más conocidos en la actualidad es el Camelot del Rey Arturo, que hace referencia a la ciudad-fortaleza donde residía el monarca y su corte. Este enorme castillo aparece por primera vez en el “Lancelot, el Caballero de la Carreta” de Chrétien de Troyes, transformándose en parte constituyente de la leyenda. Se trata de la perfecta utopía feudal, con un sabio Rey que protege a su pueblo y gobierna con justicia, inspirado en los ideales de caballería. Ahora, se suele confundir Camelot como el reino de Arturo, del cual sólo es su capital, llamándose éste realmente Logres.


Otra tierra maravillosa típicamente medieval, pero mucho menos conocida que la anterior es el Reino de Preste Juan. Nacida la leyenda durante la época de las Cruzadas, nos describe un reino más allá de los dominios de los infieles musulmanes, posiblemente en el norte de la India. Se trataba de una tierra llena de tesoros, animales fabulosos y criaturas inteligentes diferentes a los humanos (seres humanoides con un solo pie o sin cabeza y con la cara en el pecho) que era gobernada por el sabio Preste (presbítero) Juan, quien se decía cristiano y descendiente de los Reyes Magos. La creencia en la existencia del Reino del Preste Juan movilizó a varios europeos a la exploración, entre ellos Marco Polo y su familia, o el mismo Cristóbal Colón, que deseaba encontrar una ruta alternativa a la India y a las tierras del Rey Sacerdote.


Menos solemne es el mito del País de Cucaña o Jauja, del cual se hablaba mucho en la Edad Media entre la gente común, ya que se trataba de un lugar con tal abundancia de comida que no es necesario trabajar. En este país maravilloso la gente retoza despreocupadamente a las orillas de ríos de vino u leche, con montañas de queso y lechones asados colgados de los árboles.  Este verdadero paraíso terrenal fue inspiración para varios artistas posteriores, como el pintor Pieter Brueghel y el escritor François Rebelais en algunos pasajes de su serie de novelas picarescas “Gargantúa y Pantagruel”.


Ahora, la palabra utopía no se usó hasta que el filosofo renacentista inglés Tomás Moro (Thomas More) la usa en su libro de 1516 “Libro del Estado Ideal de una Republica en la Isla de Utopía”, siendo este nombre elegido por su etimología en griego, que quiere decir "ninguna parte". Acá el relato lo hace un explorador llamado Rafael Hythloday, quien llega a esta isla-república que contradice todos los sistemas de organización imperantes en la Europa de esa época. Para empezar se trata de una república democrática y comunista, donde los cargos públicos se eligen por votación popular y el estado se encarga de cubrir la necesidades de sus ciudadanos, no existiendo la propiedad privada. En esta obra Moro también muestra su fino sentido del humor al ponerle nombre a los lugares de Utopía, como la capital Amauroto (sin muros) o el río Anhidro (sin agua).


Otra obra dentro de las utopías cristianas renacentista  es “Civitas Solis”  o “Ciudad del Sol” escrita por el monje dominico italiano Tomás Campanella. Esta obra se inspira en Moro y nos lleva a la isla de Taprobana, que algunos han identificado con Sri Lanka. Como el nombre lo indica, esta ciudad está dedicada al Sol, teniendo un templo al astro rey en su centro y cada una de los muros puesto bajo el tutelaje de uno de los 7 astros conocidos. El regente es el sacerdote del Sol Hoh, que es ayudado por los sacerdotes Pon (poder, encargado de la defensa), Sin (sabiduría, a cargo de la educación) y Mor (amor, quien vela por la salud). Además, es una sociedad comunista extrema, donde no existe en absoluto el concepto de propiedad, tanto en lo material como en las parejas y los hijos. Esta obra es interesante porque en la conformación de la ciudad usa el modelo heliocéntrico de Copérnico, el cual fue muy perseguido por la Iglesia.


Terminando con las utopías renacentistas tenemos a otro inglés, Francis Bacon, quien publicó “La Nueva Atlántida” en 1626. En esta novela nos habla de la ciudad de Bensalem, donde lo más importante es el conocimiento por sobre cualquier riqueza. En ella los sabios usan el método de inducción lógica ideado por Bacon para hacer sus investigaciones y penetrar en los secretos más profundos de la naturaleza.



La historia de tierras y ciudades que no existen queda hasta acá por ahora, pero todavía tenemos que visitar las ciudades de oro que buscaron con encono los conquistadores europeos en América, los maravillosos valles perdidos del Himalaya y algunos hechos que no aparecen en los libros de historia, como la vez en que Napoleón conquistó el mundo.

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