jueves, julio 23, 2015

De 1 a 10 ¿Qué tan Estúpido Es?: Santos Modernos... o Diablos vendiendo Cruces


La Iglesia Católica y la Ortodoxa Oriental tienen dentro de su arsenal de creencias la de que algunos hombres y unas pocas mujeres son elegidos por dios para llevar una vida más elevada que el resto, mostrando virtudes tanto morales como espirituales que les llevan a la santidad. La verdad es que esta práctica sencillamente es una adaptación tomada del antiguo paganismo romano, donde se tenían dioses que presidían cada una de las actividades humanas, como son los actuales patronos de países, actividades profesionales, grupos sociales u otras cosas de frentón pueriles. No obstante, hay casos que de verdad son una bofetada al sentido común, pues no te explicas cómo pudieron llegar algunos a los altares; tenemos a posibles esquizofrénicos (Juana de Arco), a un megalómano asesino (el emperador romano Constantino el Grande) o a personajes que fueron inventados para justificar el error de unas monjas que no entendían bien el significado de la palabra expedito en un paquete de correo (San Expedito, obvio).

Pero hoy hablaré de santos actuales e internacionalmente reconocidos. No obstante, antes de seguir, revisemos los requisitos para ser santo: obviamente hay que ser una persona de virtud probada en vida, además de haber registro de 2 milagros ocurridos por su intercesión. Con esto ya te pueden colocar una aureola y poner en un altar.
El primero en mi lista de santos modernos espurios es un fraile capuchino que se ha hecho famoso por sus presuntos milagros. Nacido como Francesco Forgione, hoy todo el mundo lo conoce como San Pío de Pietrelcina, o sencillamente como Padre Pío.  La historia comienza en 1918, cuando se da a conocer que el fraile tiene estigmas (heridas semejantes a las que tuvo Cristo al ser crucificado) y que él mismo desprendía un agradable aroma que no provenía de ninguna parte. Luego vinieron los milagros e incontables peregrinos que llegaban en su busqueda para estar un poco más cerca de Dios.
Sin embargo, la Iglesia no se mostró tan receptiva a la santidad del frailecillo en un principio. Durante mucho tiempo, basados en las investigaciones hechas que arrojaron luz acerca de que Pío se producía a sí mismo los estigmas y que tuvo relaciones sexuales con varias de la feligresas más cercanas a él, sus superiores desconfiaban. Es tan así que Juan XXIII tuvo especial cuidado en mantenerlo vigilado y no se le permitió realizar su ministerio más allá de decir misa. Ahora, sí tuvo una obra de caridad relevante, que es el hospital Casa Alivio del Sufrimiento, pero al tiempo se le sacó de su administración pues se descubrió una malversación de fondos de su parte.


¿Por qué, teniendo estos antecedentes, se hace santo a este tramposo? Pues porque ha ganado popularidad con sus presuntos milagros y su leyenda responde al tipo de santo que hoy la iglesia quiere promover. En un mundo donde la razón y la ciencia van ganando terreno, expresiones “sobrenaturales” como los estigmas, el olor a rosas (conseguido con colonia) y milagros imposibles de probar hacen que la Iglesia aún pueda mantener en pie sus postulados metafísicos. Hoy el cadáver de Pío está en exhibición en su santuario, como si fuera un Lenin católico, pero no se reconoce que está embalsamado y se dice que se mantiene incorruptible por el poder divino. Cuando un investigador puso en duda la idoneidad moral de Pío para ser santo, sus defensores dijeron que el Papa era infalible y él había reconocido su santidad. Frente a esos argumentos quién puede discutir.


Movámonos un poco más al oeste y 10 años después de que comenzara su carrera el anterior “santo”. En España se funda lo que llegaría a ser una de las agrupaciones más poderosas de la Iglesia Católica. El Opus Dei, también conocido como la Obra, fue creado por el sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer (a.k.a.  El Fundador), quien deseaba atraer principalmente a laicos a un camino de santidad. No obstante, hasta acá suena todo bonito, pero hay trampa. Escrivá de Balaguer era un hombre vanidoso, iracundo y autoritario, un reaccionario que creó una agrupación sectaria a su alrededor, asegurándose él mismo de que sus miembros pertenecieran a la capa y nata de la sociedad española. El hombre que supuestamente predicaba la humildad, no tuvo empacho para exigir se le reconociera el título nobiliario de marqués de Peralta. Tampoco sintió ninguna dicotomía moral al apoyar a la dictadura de Franco, teniendo importantes miembros de su Obra en el gobierno.


El Opus Dei de Escrivá de Balaguer (cuyo nombre real era José María Julián Mariano Escrivá Albas) es una secta a su personalidad, reaccionaria, ultraconservadora y que se enyunta con el poder económico descaradamente. Eso de la santidad a través del trabajo es sólo si cada uno hace a lo que vino al mundo; los ricos a ser dueños de empresa y mandar, mientras los humildes a servir y a agradecer las migajas que reciben a cambio. Y ni pensar en mujeres con igualdad de derechos, porque las mujeres están para parir por lo menos media docena de hijos y cuidar de sus maridos con sumisión.
Obviamente, con todo el poder que juntó y su discurso conservador, casi fascista, a Escrivá de Balaguer no le quedaba otra que ser santo.


Esta es más moderna, y no creo que ninguno de los que lean estas líneas no recuerden a esa delgada ancianita encorvada con su manto blanco con rayas azules. Quien será conocida como Santa Teresa de Calcuta (está en vías de canonización), nació en Macedonia, aunque es de origen albanés, con el nombre de Agnes Gonxha Bojaxhiu. Desde pequeña sintió el llamado de la fe y fue por ello que se hizo monja y fue a misionar a la India, donde en 1950 crearía su propia congregación de monjas llamada Misioneras de la Caridad. La intención de este nuevo grupo era la ayuda a los pobres y más necesitados, empezando en las calles del mismo Calcuta. Por años fue un símbolo de la lucha contra la miseria y se codeó con los más grandes dignatarios del planeta, recibiendo el premio nobel de la paz en 1979.


Ahora, todos me dirán ¿Qué tiene de malo una pequeña mujer que quería luchar contra pobreza? Nada, si hubiera sido eso lo que hizo. Hay varias quejas acerca del proceder de Teresa, pero podemos resumir todo a tres. Primero, la idea de que el dolor acercaba a las personas a Cristo era imperante, por lo que en los hospitales de la congregación no se atendía como es debido a los internos, dejándoles sufrir sin la administración de analgésicos, no teniendo suficiente personal médico, dejando que quienes pudieran salvarse murieran por falta de atención adecuada. Segundo tenemos su postura ultraconservadora, en que no aceptaba ni siquiera los anticonceptivos o los tratamientos de inseminación artificial.  Por último, está el manejo oscuro de los dineros que se recaudan como donaciones para la caridad, pues nadie sabe a ciencia cierta qué se hace con estos ingresos; por lo menos no se usan del todo en darle calidad o cobertura a la atención de pobres en Calcuta.


Pero ¿Quién fue el que permitió que tales personajes llegaran a ser considerados santos por la Iglesia? Pues otro “santo”.
Karol Józef Wojtyla se calzó las sandalias de Pedro bajo el nombre de Juan Pablo II el 16 de octubre de 1978. Fue el primer Papa no italiano en casi 500 años y su elección significó un importante acto político por parte del Colegio Cardenalicio, porque trajeron a un cardenal de detrás de la Cortina de Hierro (recordemos que Polonia, la patria de Wojtyla, era parte de la esfera de influencia soviética) justo en momentos donde la Guerra fría parecía estar en tablas. El nuevo Papa fue un cambio radical a lo que se venía dando; se trataba de un hombre relativamente joven (58 años), carismático, deportista, con intereses literarios, que en su juventud había sido actor y sufrió de la opresión nazi y de los comunistas.


El pontificado de Wojtyla fue uno de los más largos, durando 25 años. Se le atribuye un importante papel en el desplome de la Unión Soviético y su popularidad fue inmensa. Se le conoció como el Papa viajero o el Papa de la paz, siendo uno de los sucesores de Pedro que más kilómetros de vuelo tuvo a su haber, teniendo un especial interés por los jóvenes y por defender los valores tradicionales. Cuando murió en 2005, todo el mundo siguió su agonía expectante y, durante sus fastuosos funerales, varios fieles en la plaza de San Pedro gritaron “¡Santo subito!” (“¡Santo ya!”), mientras que otros lo llamaron Juan Pablo Magno.


Obviamente, como todos nosotros, la imagen de Wojtyla tiene claroscuros, pero a la hora de ser nombrado santo por  Francisco I, esos oscuros quedaron de lado. En primer lugar, asumió el pontificado luego de la sospechosa muerte de su predecesor, Juan Pablo I, quien pretendía estudiar ciertas irregularidades en el Banco Vaticano, cosa que detuvo de inmediato Wojtyla, pero que volvió a explotar luego con la caída del Banco Ambrosiano, relacionado con estos movimientos irregulares. También se dice que es el principal responsable de la caída del comunismo soviético, pero la verdad es que fueron más determinantes los problemas internos de los países del este que lo que pudo hacer Juan Pablo II al respecto. No obstante, a la hora prestar su imagen para el blanqueó de los dictadores fascistas de Sudamérica no dudo ni por un segundo, manteniendo cordiales relaciones con varios de ellos hasta el final. Su ideario conservador a ultranza se impuso sobre toda la iglesia, eliminando sistemáticamente cualquier corriente liberal que quisiera abrirse a cambios; de lo cual tenemos una muestra en la persecución que sufrió el movimiento latinoamericano conocido como “Teología de la Liberación”, que fue tildado de marxista por hablar de justicia social.


Pero por sobre todo lo anterior, la razón primordial por la cual Wojtyla no puede ser considerado santo o siquiera una persona de moral elevada es su encubrimiento a delitos de pedofilia en los que se vio inmiscuida la iglesia. Está más que probado que las denuncias de las víctimas llegaron al conocimiento de Wojtyla varios años antes de que se hicieran públicas, pero él prefirió echar tierra sobre estas hasta que todo explotó. Marcial Maciel, un sacerdote mexicano que creó una congregación ultraconservadora y siniestra al estilo Opus Dei, conocida como Legionarios de Cristo, fue un pedófilo del que se tenían denuncias desde hacía mucho pero fue protegido por Wojtyla, pues los Legionarios de Cristo estaban en consonancia con su forma de entender la religión y le daban cuantiosas cantidades de dinero a las arcas de la Iglesia. Juan Pablo II ha sido el Papa que ha proclamado más Santos en la historia, entre ellos la mayoria de los antes mensionados (a Teresa sólo la beatificó), pero los cimientos del catolicismo se estaban empezando a podrir debido a los curas  y su excesivo “amor” por los más pequeños. Si en este mundo las cosas funcionaran como se debe, Karol Wojtyla no debería ser considerado santo, sino un encubridor de violadores de niños que han cometido delitos en todos los países donde está presenta la Iglesia Católica.


Estos cuatro personajes hoy son mostrados como modelos a seguir en las diferentes parroquias del mundo, pero si escarbamos un poco, bajo todo ese maquillaje de presunta santidad encontramos a seres vanidosos, pendencieros, hipócritas, mentirosos, intolerantes, retrógrados y, por sobre todo, inmorales. Pueden decir que hicieron los dos milagros necesarios para probar su santidad, pero esas son patrañas que son estudiadas y validadas por presuntos científicos que anulan su espíritu crítico con su fe. Y si no existieran estos milagros, los inventarían, pues estos personajes siguen siendo lo suficientemente poderosos después de muertos como para forzar la asignación de un lugar lo más cercano posible a su dios.

3 comentarios:

  1. Faltó mencionar que JPII hizo santo a un personaje ficticio inventado por la iglesia, protagonista del cuento de la aparición de la virgen de Guadalupe, el indígena Juan Diego.

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    1. Eso es muy cierto, pero en este artículo sólo quería hablar de estos santos de cartón. Creo que sería una muy buena idea hacer otro con esos santos que la iglesia se ha inventado y nunca existieron. Gracias por tu comentario

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