martes, junio 09, 2015

LoEG: Viaje al Corazón de las Tinieblas (Acto X)

El Tigre y el Conde

Mompracem, diciembre de 1898

El sol sacaba toda la variedad de tonalidades posibles del verde al traspasar con sus rayos el follaje del árbol que daba su sombra a la tumba de Marianna. Desde ahí, sentado en una banca que daba vista de la bahía, el viejo pirata miraba el mar y suspiraba, sintiendo añoranza por las aventuras que hace algunos años poblaban su día a día.

La tumba de Lady Marianna Guillonk era sencilla, sólo una cruz que recordaba su fe cristiana con su nombre impreso y flores, muchas flores. Sandokán venía todos los días a estar un rato con ella, conversándole en silencio acerca de las cosas que pasaban, como la hija de ambos había crecido y emulaba en belleza a su madre, aunque no contara con su piel blanca ni cabellos rubios, sino con el negro y oliva del padre.
A pesar de estar en el umbral de los sesentas, el tiempo no menoscabó a Sandokán y seguía siendo un hombre fuerte de mirada fogosa y risa afable, al cual sus hombres adoraban tanto como para quedarse con él y crear una comunidad junto a sus familias en la hermosa Mompracem. Ahora eran agricultores que sembraban arroz, azúcar, soja, té y muchos otros productos, saliendo al exterior sólo para comerciar en los distintos puertos del Índico y conseguir aquello que no era producido por ellos. Para ese momento, los temidos Tigres de Mompracem eran cosa de pasado.
- ¿Nuevamente soñando con el mar, hermano? – dice una voz familiar a espaldas del malayo.
- Tanto como tu sueñas con las mujeres que ya no puedes tener, Yáñez – Responde Sandokán con sorna, sin voltear la cabeza. Por su lado, Yáñez de Gomera, aventurero portugués y hermano de armas del malayo, se mostró falsamente ofendido por esta afirmación cuando agregó:
- Deberías ser mucho más recatado en tus comentarios, en especial ahora que contamos con una visita.
Sandokán se dio vuelta para ver quién estaba con Yáñez, pero en un principio no fue capaz de reconocerá ese hombre con trajes indios parado ahí. No obstante, cuando el sujeto sonrió, la memoria del pirata se activó y la imagen de un chico vestido sólo con un taparrabo y acompañado por una pantera, un oso y dos lobos se le vino a la mente:
- ¿Eres tú, Mowgli? ¡Cómo has crecido! Por un momento casi no te reconozco.
El hombre, feliz de que el pirata aún le recordara, hizo una reverencia y le dijo:
- Namasté, Sandokán. Me alegra volver a verte.
- Y a mí, querido amigo… si recuerdo que eras sólo un muchacho la última vez que te vi.
Había sido durante un funeral en que Sandokán y Mowgli se encontraron la última vez, pero entonces sólo un insipiente bigote denotaba que el chico dejaba completamente atrás la niñez; pero ahora tenía a todo un hombre frente a él, que de seguro contaba con mujer e hijos.
- Y dime ¿A qué debo esta visita?.
- Siento que no sea por algo feliz, querido amigo. Vine para comunicarte que Haydee, la esposa de Edmond,  murió hace una semana y se nos cita para ir a la lectura de su testamento en Madrás.
El corazón del pirata sintió real pena por esta noticia, y su mente navegó por los mares del tiempo a una mañana de hace 35 años.

Mompracem, julio de 1863

Desde un puesto de vigía en la playa, Kammammuri oteaba el horizonte nuevamente, esperando que alguna de las mujeres trajera algo para desayunar. No obstante, para su mala suerte, lo que parecía una tranquila mañana estaba pronta a transformarse radicalmente. Casi imperceptible en el horizonte, los ojos del maharato vieron el humo de un vapor que cada vez se hacía más claro y crecía en tamaño; no moviéndose ni hacia el norte o el sur, por lo cual era obvio que venía a Mompracem desde el oeste. Alertado, pues ningún barco europeo seguía esa ruta, Kammammuri hizo sonar la campana para alarmar a sus compañeros, cosa que produjo que tanto Sandokán como Yáñez estuvieran a su lado al poco rato.
- Lleva una bandera que no pertenece a ninguna nación que conozca, parece más el escudo personal de un noble europeo. Pero eso no es lo más interesante: han izado un mensaje de banderillas pidiendo parlamentar – dice Yáñez mientras mira por su catalejo.


“¿Parlamentar?” pensó Sandokán con extrañeza, pues parecía que los tripulantes de ese vapor no se habían enterado que ellos se dedicaban a la piratería, por lo que parlamentar era una estupidez o, peor aún, una trampa. Podrían ir y asaltarlos, pero él y los tigres no eran esa clase de piratas, así que rápidamente le ordenó  a sus hombres que enviaran señales al barco de que se encontrarían sólo dos botes en la bahía, así también les dijo que emplazaran cañones en la entrada de ésta, en caso de que hubiera algún truco.
Al rato; mientras Sandokán, Yáñez y un contingente de hombres armados navegan al encuentro de otro bote que se acercaba; el portugués le preguntó:
- ¿Estás seguro de esto? Puede que en estos momentos los ingleses usen este parlamento como treta para atraparnos.
- ¿Trampa? Ustedes los europeos no son tan inteligentes como para planear algo así.
Ambos rieron, pero en el fondo sabían que se arriesgaban a mucho.
A medida que se acercaban vieron que el bote que venía a su encuentra también estaba lleno de marinos, pero en su proa un sujeto de cabello cano y porte imponente venía parado, portando en la mano un asta con una bandera blanca que en el centro tenía un escudo de armas. El hombre levantó la otra mano cuando estuvo cerca y gritó:
- ¡Bonjour mes amis! ¡Busco a Sandokán, el líder de los Tigre de Mompracem!.
- Depende de quién y para qué lo busques, viajero, si Sandokán habla contigo – dijo Yáñez.
- Mi nombre es Edmond Dantès y busco a Sandokán por ayuda, ya que los mares desde la India a Sumatra están en grave peligro.

Madrás, año nuevo de 1899.

Madrás 1899

Dos días antes Yáñez y Sandokán arribaron a la gran ciudad india de Madrás y se apersonaron en el hogar de Edmond para presentar sus respetos a los restos de Haydee. Con ellos estaba Mowgli, llegando a la noche siguiente y de incognito el cuarto miembro del grupo: El enmascarado conocido como El Fantasma que Camina.
Sandokán conocía el secreto del enmascarado inmortal que defiende la selva de Bengala, pues cuando tuvieron confianza el uno en el otro, Richard Walker le contó como el manto del Fantasma pasaba de padre a hijo. Así el hombre que estaba vestido con el traje purpura y llevaba el anillo de la calavera no podía ser el mismo Fantasma que conoció hace tres décadas y media.
Los restos de Haydee fueron sepultados en el cementerio musulmán de la ciudad. Por un momento pensaron que sería llevada a su natal Turquía, pero ella quiso quedarse definitivamente en esas tierras donde fue tan feliz con su marido.
Luego, en la mañana del año nuevo, sentados en el salón del palacio colonial en que Haydee y Edmond pasaron sus años en oriente, Sandokán, Yáñez, Mowgli, el Fantasma y Berttuccio, el anciano mayordomo que sirvió a la familia Dantès durante años, esperaban a que el abogado inglés diera lectura a la última voluntad de la fallecida.
Con todos ellos ahí, Sandokán recordó la primera vez que el Conde los reunió en el puente del Pharaón.

En un lugar del Oceano Índico, en el puente del vapor Pharaón, julio de 1863.

Escudo de Armas del Conde de Montecristo

Las caras eran tensas en el puente del capitán esa noche, todos sabían que si era cierto lo que les habían dicho, el peligro que todos corrían en el mar de la India era grave, pero aún así los que habían contestado al llamado del Conde de Montecristo eran un grupo demasiado dispar para poder enfrentar la amenaza.
- Vine porque se me dijo que la hermandad Singh estaba tramando un plan terrible, pero nadie me mencionó que tendría que compartir mi mesa con piratas – dice por fin el Fantasma, mirando fijamente a Yáñez y Sandokán.
- ¿Por qué las quejas? A nosotros tampoco se nos dijo que un sujeto con un disfraz de afeminado estaría en el grupo – le respondió Yáñez con la desfachatez de lo caracterizaba.
El hombre enmascarado se puso de inmediato de pie y llevó su mano a una de los dos revólveres que llevaba al cinto, cosa a la que tanto el portugués como Sandokán contestaron de la misma forma; entonces los animales que acompañaban ese extraño chico salvaje se enervaron y pareció que todo terminaría en pelea.  Sólo les detuvo un golpe seco en la mesa con su bastón por parte de Edmond, quien,  furioso por estas discusiones estúpidas, les espetó:
- ¡Mon Dieu! ¡Mettre fin à cette idiote maintenant! ¡Les prohíbo cualquier uso de violencia mientras se encuentren en mi barco!
Todos se quedaron sorprendidos ante la reacción de Dantès, pero en efecto era su barco, y como capitán del Pharaón tenía todo el derecho a imponer reglas en ese lugar. Así que, igual que niños reprendidos por su padre, los hombres se sentaron nuevamente y mantuvieron la compostura por el resto de la velada.
Con todo en paz, Montecristo pudo decirles:
- Si dejamos que los Singh continúen con sus planes, pronto dará lo mismo ser inglés, holandés, bengalí, portugués, malayo,  maharato, indio o francés, porque los Singh se adueñaran del mar y todos lo sufriremos por igual. La hermandad siempre ha hecho tropelías  por todo el océano Índico, pero ahora consiguieron capturar a un joven príncipe de Dakkar que es un genio de la ingeniería y le han obligado a construir armas con las cuales incluso podrían conquistar a los países más poderosos. Navíos que se mueven con la energía voltaica y que son capaces de sumergirse en el agua y volver a emerger a voluntad son sólo el comienzo del intento Singh de conquista. Nosotros debemos detenerlos.
Las palabras de Edmond les hizo sentir como críos caprichosos que no alcanzaban a entender la gravedad de lo que estaba pasando. No obstante, había mucho que planear, así que el Conde desplegó un mapa en la mesa para comenzar a pensar en qué hacer.

Madrás, año nuevo de 1899

Todos estaban rodeando la mesa en la cual descansaba la urna con las cenizas de Edmond Dantès, Conde de Montecristo. Lo dispuesto por Haydee en su testamento fue que sus amigos cumplieran con los deseos de su difunto marido, llevando sus resto al Mediterráneo para ser repartidos frente a la costa de Marsella y el Castillo de If. Esa había sido la voluntad de Edmond, pero Haydee no pudo separarse de sus restos en todos esos años.
Ahora la pregunta era cómo llevarían esa ánfora al Mediterráneo. No obstante, Yáñez y el Fantasma habían estado hablando acerca de ello aparte del grupo y tenían todo más o menos planeado.
- Tengo una goleta a vapor que puede ser usada para llegar a Francia sin problemas – dijo por fin el Fantasma -. Ahora, no es conveniente que todos viajemos, pues puede pasar algo grave que necesite nuestra atención, así que pensé que alguno de nosotros podría…
Yáñez, aburrido de las vueltas que se daba el Fantasma, le interrumpió diciendo:
- Lo que nuestro joven amigo enmascarado quiere decir es que yo y Sandokán podemos cumplir con lo determinado por Haydee.
Sandokán enarcó la ceja y le dijo a Yánez:
- Es muy tentador el viaje, pero dejé a mi hija sola en Mompracem y tengo cosas que ver ahí.
- ¡No me vengas con esas escusas! ¡Pareces una anciana llorona! Mutiara se cuida perfectamente sola y tú llevas años añorando volver a viajar. Podríamos aprovechar de conocer algunos lugares de Europa: Constantinopla, Roma, mi natal Portugal, París… incluso el mismo Londres.
La idea de volver a la mar y conocer esos lugares maravillosos de los que le hablaba Yánez era algo que animaba a Sandokán, pero lo de caminar por las calles de Londres le pareció hilarante. Al fin contestó:
- Bien, iré con Yáñez a Europa a conocer las avanzadas ciudades de los occidentales. Sólo le escribiré una carta a mi hija para que no se preocupe.
El Fantasma se comprometió a llevar personalmente la carta, lo cual le gustó a Sandokán. Le cayó bien ese chico, que de seguro era el hijo del Fantasma que él conoció en el pasado.
- Tendrás que hacerte pasar como mi sirviente en Europa, hermano – le acotó Yánez, socarrón -, así que empieza a practicar y dime señor de ahora en adelante.
Sandokán lo miró muy serio cuando le contestó:
- ¿Y cómo le gustaría al señor que le corte los testículos? ¿Uso la alfanje o un cuchillo de cocina?.
Todos rieron por esa broma.

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