lunes, junio 22, 2015

Homosexualidad y Ficción: El Reflejo de Nuestros Prejuicios (Parte 1)


Hoy voy a hablarles de un tema del que poco se trata, porque aún es mirado con resquemores por la mentalidad conservadora que impera en nuestra sociedad occidental desde hace 1.700 años. Me refiero a la homosexualidad, en especial a su representación en mitos y ficción, que ha pasado por buenos y malos momentos a lo largo de nuestra historia, siendo consecuencia de la postura de cada época con respecto a la diversidad sexual.
Una de las civilizaciones más antigua, si no la que más, fue la egipcia, de la cual no tenemos muchas noticias de sus prácticas sexuales, aunque por algunas leyendas sabemos de que la homosexualidad masculina no era bien vista, tomándose la penetración anal como un acto agresivo de dominación. Esto queda claro en la historia en que Set, el dios del desierto, intenta violar a Horus, sobrino del primero y su rival. No obstante, Set no logra su cometido y eyacula entre las nalgas de Horus, quedándose este último con el semen de su tío como símbolo de su injurioso actuar. No obstante, una versión más antigua de esta misma leyenda dice que la relación entre Set y Horus fue consentida y que de la mezcla del semen de ambos el dios Thoth hizo el disco lunar.


Vamos ahora con el libro más homofóbico de todos: La Biblia. Libro sagrado para todas las denominaciones cristianas y tenido por cierto en un 100% por estas religiones, hoy sabemos que la mayoría de sus relatos son solo ficción sin base histórica alguna. En sus páginas se pueden encontrar frases tan edificantes como: “No te acuestes con un hombre como si te acostaras con una mujer. Ese es un acto infame” (Levítico 18:22), “Si alguien se acuesta con un hombre como si se acostara con una mujer, se condenará a muerte a los dos, y serán responsables de su propia muerte, pues cometieron un acto infame” (Levítico 20:13), o “¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No erréis; ni fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el Reino de Dios” (Carta a los Corintios 6: 9 – 10). Este también es el libro que nos habla de la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, las que despertaron la ira de Dios debido a sus prácticas homosexuales, patentando un eufemismo infame como lo es la palabra “sodomía” para referirse al sexo anal, actividad que erróneamente se asocia especialmente a los homosexuales. Pero también el capítulo de Sodoma muestra la doble moral de la biblia, pues cuando los sodomitas se agolpan fuera de la casa de Lot para violar a los hermosos ángeles que vinieron a salvarle, Lot les ofrece a sus hijas vírgenes para que las usen como les parezca; pues es preferible que violen a unas pobres chicas asustadas a que le ocurra esto a unos ángeles que supuestamente no tienen sistema digestivo y, por lo tanto, ningún agujero por el cual ser penetrado.


Pero hay una relación de amistad en la Biblia que ha hecho que muchos eruditos enarquen las cejas y sonrían con malicia. David es una especie de superhéroe que mata gigantes con una onda; un pastor bello, de pelo rubio y ojos azules que tiene buena voz, por lo que es llevado ante el rey Saúl para que calme sus crisis de nervios. No obstante, es el hijo de Saúl, Jonatán, quien se fija en el pastor: “E hicieron pacto Jonatán y David, porque él le amaba como a sí mismo. Y Jonatán se quitó el manto que llevaba, y se lo dio a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte” (1 de Samuel 18: 3 – 4). Pero Saúl se puso en contra de David cuando este se volvió más popular que él ante el pueblo, por lo que le persiguió con saña, mientras Jonatán intentaba proteger a si “amigo”. En un pasaje muy decidor, Saúl le saca en cara a Jonatán: “Hijo de la perversa y rebelde, ¿acaso no sé que tú has elegido al hijo de Isaí para confusión tuya, y para confusión de la vergüenza de tu madre?” (1 de Samuel 20: 30). Luego, cuando Saúl y Jonatán son asesinados en una batalla con los filisteos y David recibe la noticia, su lamento poético por la muerte de su “amigo” no puede ser más evidente: “Angustia tengo por ti, hermano Jonatán, / Que fuiste muy dulce. / Más maravilloso fue tu amor / Que el de las mujeres”. Muchos teólogos sostienen que sólo había amistad entre David y Jonatán, pero cuando leemos la Biblia salta a la vista lo que en realidad pasa acá; otros dicen que fue un amor platónico, lo cual no quita que fuera un amor homosexual.


Un detalle interesante de notar antes de dejar la Biblia es que todas sus referencias son acerca de la homosexualidad masculina, pues la sociedad judía que generó el texto era tan machista que no concebía que sus mujeres, que apenas tenían más derechos que sus animales de corral, pudieran ser seres sexuales y no sólo maquinas paridoras. Se especula que la relación entre Ruth y su suegra Noemí tiene connotaciones lésbicas, pero la verdad es que no son ni mínimamente claras, como en el caso de David (descendiente de Ruth) y Jonatán. Solo con la llegada del cristianismo, Pablo en su Carta a los Romanos condena  a  mujeres “que mudaron el natural uso en el uso que es contra naturaleza”.


Pero a unos cuantos kilómetros cruzando el Mediterráneo florecía una cultura con una posición totalmente diferente con respecto la relación romántica entre personas del mismo sexo. Los griegos no se escandalizaban para nada frente a la homosexualidad masculina; por el contrario, les parecía algo deseable y estéticamente bello. La visión actual de los mitos griegos suelen esconder la carga homoerótica de sus versiones originales, que son el reflejo de la mentalidad de los griegos. Un ejemplo es Zeus, quien es recordado hoy por la infinidad de amantes femeninas que tuvo, con las cuales engendró dioses y semidioses, pero muy pocos conocen su relación con Ganimedes. Siendo el bello hijo del fundador de Troya, Zeus raptó a Ganimedes con un águila y lo llevó al Olimpo para que fungiera como su copero, siendo al único amante mortal al que le apartó un lado entre los dioses.


Pero no sólo Zeus tuvo amantes del mismo sexo, Apolo se relacionó con otro príncipe troyano llamado Jacinto, de cuya sangre creó las flores de ese nombre cuando este muere debido a un accidente. Pero también un héroe que simboliza la masculinidad y el exceso de testosterona tuvo su escarceo gay; hablo acerca de Hércules, hijo de Zeus y famoso por sus doce trabajos heroicos, quien mantuvo la relación amorosa más larga de su vida con Yolao, su sobrino. Una faceta del héroe que seguramente no verás en la película de Disney.


No obstante, el principal ícono gay que es reconocido hasta la actualidad es la pareja formada Aquiles y Patroclo, ambos participantes de la Guerra de Troya. Tomados como el ideal de pareja homosexual por los griegos, eran compañeros de armas y amantes, ambos hermosos y atléticos, siendo Aquiles un protector que educa y Patroclo el joven aprendiz, lo cual se condice con el modelo griego de pederastia, que era la forma en que los jóvenes eran educados en esa sociedad, donde un adulto  (erastés) tomaba a un chico como amante y discípulo (erómeno).


Pero la sociedad griega también era enconadamente misógina, por lo que las mujeres se quedaban en sus casas y casi no participaban de la vida pública, siendo nuevamente máquinas de producción de bebés, o se consideraba incluso su sexualidad una especie de enfermedad que el hombre debía curar valiéndose de su verga. Pero las relaciones sexuales entre mujeres obviamente existían y una de sus practicantes más famosas es Safo, poetiza griega oriunda de Lesbos, quien hizo hermosos cantos de amor dedicados a Afrodita o a sus amantes, pero de los cuales nos han llegado sólo fragmentos. Es debido a la isla que fue hogar para Safo que hoy a las homosexuales femeninas se las llama lesbianas (gentilicio de Lesbos), cosa que no se usaba en Grecia Antigua, donde eran llamadas tribadas, del griego tribō, que significa frotar (sí, no eran para nada sutiles).


Cuando el centro del mundo pasó a Roma, la libertad de la homosexualidad se mantuvo, aunque con ciertos matices. Los romanos veían con muy buenos ojos las relaciones homosexuales por parte de sus ciudadanos, incluso siendo considerados afeminados aquellos que sólo mantenían relaciones con mujeres; eso sí, siempre debían ser la parte activa en la relación, ya que los ciudadanos de un Imperio conquistador no se dejarían penetrar por nadie.


Una obra romana que habla de homosexualidad es el “Satiricón” de Cayo Petronio Arbiter, poeta del siglo I y cercano al Emperador Nerón. En lo que ha sobrevivido de la obra original se nos cuenta de Escolpio, quien tiene un joven amante llamado Gitón que le suele ser infiel con mucha facilidad, siendo constantemente seducido por otros hombres debido a su belleza. Lo más importante de los restos que se pudo rescatar de esta obra de Petronio es que fue escrita en latín coloquial, por lo que nos da información acerca de cómo se expresaba el romano común y corriente.


Salgamos un poco del ámbito mediterráneo y enfilemos hacia el norte del continente europeo. Si vemos a los pueblos de origen nórdico y germánico no es mucho lo que podemos decir; en sus mitos guerreros no hay grandes menciones de la homosexuales más allá de usarla como insulto para sus enemigos. Por su lado, en las leyendas celtas tampoco hay menciones directas a personajes homosexuales, aunque se ve con ciertas sospechas a la relación entre el héroe irlandés Cúchulainn y Ferdiadh, quienes parecen llevar una “amistad” muy cercana, semejante a la de David y Jonatán.


Con el final del Imperio Romano Europa cae en la Edad Media que duraría mil años, caracterizada por la imposición de las ideas homofóbicas que fueron proclamadas por la Biblia. Sin embargo, hay ciertos detalles en las primeras leyendas de los santos del cristianismo que apuntan a la existencia de relaciones homosexuales. Las leyendas de los santos son una colección de historias que hacen referencia a la vida de los mártires de la nueva religión; de ellas vienen relatos como los de San Jorge y el Dragón o de San Cristóbal, pero también la menos conocida de San Sergio y San Baco, muy populares hasta hoy entre los ortodoxos orientales. Sergio y Baco son dos militares romanos de buena cuna que se hacen cristianos y son descubiertos por el emperador Galeano, que ordena el martirio de ambos. Se habla del gran amor que se profesaban el uno por el otro, pero no del tipo filial, ya que las versiones más antiguas de la leyenda los describen como erastai, que es la palabra para amantes en griego.


Ahora, contrario a lo que se piensa normalmente, el Medievo no fue una constante de oscurantismo y barbarie, ocurriendo varios movimientos culturales a lo largo de esos diez siglos, pero que ninguno logró sobrevivir más allá de unos pocos años. En uno de esos tantos chispazos de actividad cultural aparecieron las novelas de caballería, que contaban las aventuras de héroes trasplantados de las leyendas artúricas y carolingias. Dentro del ciclo artúrico hay algunas menciones bastante tímidas a la homosexualidad, como es el caso de Galehaut, quien era señor de las Islas de Lontananza, un guerrero valiente y gran líder que se atrevió a desafiar a Arturo por el derecho a reinar. No obstante, a pesar de tener posibilidades de ganar, Galehaut renuncia a hacer la guerra debido a la arrobadora admiración que le ha inspirado uno de los guerreros de Arturo: Lancelot, con quien mantendrá una muy cercana amistad toda su vida. Por otro lado, también tenemos la historia de Sir Lamval, quien es acusado por la reina Ginebra de pasar demasiado tiempo con los jóvenes pajes.


No obstante, las anteriores son notables excepciones dentro de una época en la que la homosexualidad fue condenada con mucha vehemencia por la iglesia, a pesar de que en su seno siempre hubo relaciones de este tipo, en especial dentro de la vida monástica.
También la homosexualidad aparece en los manuales de cacería de bruja que eran usadas por los inquisidores, quienes en sus calenturientas fantasías, imaginaban todo clase de actos sexuales llevados a cabo en los aquelarres satánicos, en especial la fornicación con el Diablo en forma de macho cabrío, independiente de que se tratara de una bruja o un hechicero.



Obviamente, acá no termina esta historia, ni mucho menos se concentra solo en los alrededores del Mediterráneo, pero de esto hablaremos en el capítulo que sigue.

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